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  • Lara Muslera

Tapuaj

((((((((((TAPUAJ)))))))))

Todo el hebreo que creí conocer empezó en un campo asturiano lleno de manzanos.

Todo el hebreo que creí conocer, me lo enseñó él.


Nos conocimos en Torimbia, un útero inmenso de arena blanca. Algunas noches la luna se fragmenta y cristaliza en sus rocas; crea óvalos irregulares que son las sombras de ostras ya recogidas y vendidas a los restaurantes del lugar. Esa Luna nos quedamos dormidos escuchando las olas romperse y como hacía frío nos tuvimos que abrazar. No fue hasta la mañana siguiente cuando encontramos el campo de manzanos. Paseábamos de camino al pueblo y él me hablaba de un viaje a China y los arrozales. Recuerdo que me dijo que desde las avionetas tiraban las semillas empapadas al campo para que no salieran volando. Mientras me imaginaba un arrozal como un campo inundado de agua, nos topamos con una pila de balas de heno. A modo de muro gentil, limitaban un hogar de hierba fresca habitado por una familia de manzanos. Me explicó que cuando el heno esta embalado es comida para los animales en invierno. Me subí encima de las pilas y caminé hasta tumbarme en la única a la que le daba el sol. Él se acercó a uno de los manzanos. Así estuvimos un rato. Él tocando los troncos y yo adivinando animales mitológicos en las nubes que, como arrozales, ya se apilaban e hinchaban de gris. En Gijón está lloviendo, pensaba. Mi visión completa de las tonalidades del añil se vio interrumpida por una mano que sujetaba una manzana. La había lavado y me cayeron algunas gotas en la cara. Me acercó la manzana a la boca, húmeda. Giró delicadamente la mano. Sin dejar de observar sus dedos largos y firmes, de relojero de barro y madera, abrí la boca y mordí la manzana. No puedo asegurar la cronología de sabores pero diría que al rasgar la piel, el ácido coloreó el fondo mojado, y mi saliva convergiendo con el agua de la pulpa, dibujó distantes y minúsculas espirales de dulce. Siempre cerramos los ojos al primer mordisco, y al pensarlo cesé el parpadeo y pude ver el cuerpo blanco de la manzana teñido de rojo: la sangre de mis encías me ofreció un matiz final de hierro. Tapuaj, me dijo. Su boca se abrió en la a para cerrarse ligeramente en la u y volver a abrirse en la a final. Como si diera un morreo al aire, el sonido gutural último se quedó suspendido en un tiempo demasiado eterno para recordarlo con exactitud. Tapuaj, dije yo respondiéndole a la mímica del beso. Volvió a meterme la manzana en la boca. Esta vez me incorporé ligeramente para morderla, anticipando ya el sabor, haciéndolo más grande. Él bajó el brazo y la pulpa de la fruta me tocó el pecho izquierdo. Sus labios, ahora mas cerca de los mios, se encogieron ligeramente y pude ver mi silueta acostada en la bala de heno reflejada en sus pupilas: dos cacerolas tibias, atravesando, mirando las mias. Entonces. él dispuso la manzana entre nuestras bocas y soltó la mano que la sujetaba. La fuimos mordiendo. Al masticar usamos la barbilla, la nariz, la frente, las mejillas; tragamos como pudimos y seguimos mordiendo hasta que el juego de equilibrios descompensó la presión de nuestras fuerzas contrarias. Nuestros dientes chocaron y no tuvimos más remedio, aún con restos de manzana en la boca, que besarnos y mordernos durante un tiempo demasiado eterno para poder recordarlo con exactitud. Asi fue como aprendí mi primera palabra en hebreo: Tapuaj. Aquello era tapuaj. Podrían haber madurado todas las manzanas del campo de golpe.


((((()))))

Después de tapuaj vinieron muchas más. Él era un buen profesor y a mi me encantaba aprender. Él nunca señalaba directamente la cosa sino que casi dejaba que ellas se nombraran a sí mismas. Desnudaba los términos, los reinventaba al inflarlos de espacio y tiempo. Tanto era así, que poco a poco los Nombres fueron adoptando características únicas, y las frases sintáxis imposibles. Toojmeid decía cuando encajaba la parte inferor de la palma de mi mano en su párpado. Barmitsva era mi camisón puesto para lavar. Lloivea, cuando abríamos la claraboya del cuarto y nos caía la lluvia dentro y encima. Recuerdo alguna otra, como MAIM, balagán y hogar... sucesivas e importantísimas. Casi inabarcables.


((((((((MAIM)))))))))

Maim llegó meses después, en un pueblo costero del mediterráneo llamado Cadaqués. Allí encontramos una cabaña a todas luces abandonada. Lo que menos pinta de abandonado tenía eran los candados que partimos con un serrucho comprado horas antes en la ferretería (que nerviosos nos pusimos comprando el serrucho). Como todo setting abandonado estaba lleno de reliquias y basura. El valle que recogía la cabaña, repleto de lavanda y chumberas, escondía piedras pintadas por otros viajeros, seguramente alemanes de largas melenas rubias: había decenas de piedras en las que se podia leer ich liebe dich. Lo primero que hicimos fue buscar agua. Encontramos entre unos matorrales un grifo oxidado. Seguimos la pista de una manguera que se enterraba monte arriba y descubrimos un grifo mágico que surtía la piscina de una gran mansión. Lo abrimos. Bajamos rodando y contemplamos, incrédulos, nuestra hazaña: teníamos agua. Entonces nació MAIM. Todo lo que en ese lugar nos vinculaba con el agua se nombraba como MAIM.

((((((((((BALAGAN))))))))))

Si teníamos agua, teníamos casa. Limpiamos la cabaña, la pintamos de blanco y las puertas de azul. Dentro descubrimos pesetas, pines y cartas escritas a mano en los cajones carcomidos de los armarios. El idilio delirante duró 10 días. Una noche, después de la hoguera de San Juan, volvíamos a casa agotados de tanto hechizo nocturno. Recuerdo que al llegar, la luz de nuestras linternas alumbró primero cebollas y pimientos esparcidos por el porche. Luego las sillas y la mesa, tiradas. Y poco a poco todas nuestras cosas tomadas y arrojadas, fueron desfilando por el único foco de luz. Así fuimos descubriendo el desastre hasta alumbrar un cartel apoyado en la puerta azul que decía: tenéis hasta las 11 de mañana para abandonar este lugar. ¡Balagan! Fue lo que él dijo en ese momento de desamparo. Me asusté y repetí: balagan. Luego volvió a repetirlo él. Y así estuvimos sumidos en un ping pong de balaganes hasta llegar a la cama. Balagan. Balagan. Balagan. Balagan. Creamos un ritmo tribal; movíamos los brazos y las rodillas en una danza de fuego. Seguimos contando balaganes para quedarnos dormidos mientras un balagan mayor se estaba cociendo entre los pinos. ¿Has oído eso? Y antes de terminar la pregunta otro estruendoso bufido de jabalí confirmó la evidencia. Estaban hambrientos y dispuestos a recordarnos a quién pertenecía el valle. Nos levantamos sintiendo la fragilidad humana ante la inescrutable apertura de lo salvaje. Él abrió la puerta, despacito, usando la linterna como calibre 44. Yo me asomé por detrás. 5 bestias pardas de ojos amarillos y dimensiones incomprensibles destrozaban las basuras llenas de restos de comida, succionaban las latas de cerveza, ya no quedaba ni una cebolla en el porche y mi cepillo de dientes nunca volvió a aparecer. Un festín bestial, como nunca antes visto, presenciado en primera fila desde la puerta, y nosotros complemente desnudos. BALAGAAAAAAAN, gritamos, tan al unísono, haciendo un elástico de la A que se rompía en el estallido de la N cubriendo la escena de estupor, gruñidos y pezuñas enfurecidas. No recuerdo cuánto aire necesitaron las veces que repetimos balagan, hasta que los jabalís se marcharon, ebrios de exceso, a dormir la mona detrás de algún olivo. Juraría que ahí mismo nos quedamos dormidos, agarrados a la puerta todavia entreabierta, con la linterna aún alumbrando el inhóspito escenario que habían dejado las criaturas. Así se bautizó balagán y, casi como su mellizo, llegó a la mañana siguiente otro de nuestros cuánticos términos.


(((((((HOGAR))))))))

Nos despertamos tarde con el sonido de una motosierra. Era Raimon, el dueño de la cabaña, un hombre en sus cincuenta y pico con ropa de treinteañero. Llevaba una camisa de lino color teja. Creo que os habéis equivocado. Repitió esta frase más de una vez, con bruscas variaciones. Intenté dialogar con él en español, sin suerte. Probé en catalán pero Raimon era vasco. No era un problema lingüístico, el hombre no estaba dispuesto a escuchar. Cuando encendió la motosierra me abalancé sobre la puerta y le pedí, como deseo último, una hora para recoger nuestras cosas. Fue amable y nos dejó a solas empacando. No podía irme sin hacer algo al respecto, así que decidí escribirle una carta. La dejé junto a mi primer libro de poesía, que entonces acababa de publicar, el que pertinentemente se llamaba y se sigue llamando La belleza de rendirse. También escribí mi número de teléfono. Contentos con la ofrenda aún sin tener idea alguna de dónde ir, nos fuimos de allí. A las tres horas me llegó un mensaje al móvil: me ha conmovido mucho la carta y el libro, estoy dispuesto a llegar a un acuerdo, quedamos mañana en la puerta de la Iglesia a las 9. Y allí estaba Raimon al día siguiente, sin motosierra, sentado en el banco entre los dos cipreses, frente a la puerta de la iglesia Sta María de Cadaqués. Nos dejó la casa todo el verano a cambio de que la siguiéramos cuidando como habíamos hecho. Le sorprendió mucho que encontráramos agua, al parecer él no había sido capaz. Cuando volvimos a la cabaña y desempaquetamos lo empaquetado, me miraste, y entonces sí, ni un minuto antes ni después, con un manojo de cucharas en la mano y una rama de romero entre los dientes, me dijiste: HOGAR. Y los pájaros la estuvieron cantando hasta el final de septiembre. Fue nuestra palabra musical con más tonalidades.

((((((.))))))

Que aprendimos una lengua secreta fue algo que me llevó tiempo darme cuenta. Ahora no tiene sentido, pero entonces tenía sentido, mucho sentido, todo entonces tenía mucho más sentido que ahora. Me di cuenta de lo lejos que estaba del hebreo al uso cuando tiempo más tarde y sola, en la barra de un café en Tel Aviv, traté de usar el hebreo que me enseñó para decirle a un camarero cuyo nombre desconocía (y cuyo color de ojos también desconocía porque desaparecía constantemente entre personas, bandejas y vitrinas llenas de pasteles) que se había olvidado de traerme la tarta de manzana. ¿Cómo podría yo, con esta lengua nuestra, dirigirme a un cuerpo extraño y crear una frase que enmendara su perverso olvido? ¿cómo? ¿Y qué tipo de sintaxis tendría? Lo intenté a fondo, hice todo tipo de muecas con los ojos y la boca, le mostré los dientes, dejé caer chorros de saliva en el mostrador, metí el pulgar en su boca para intentar explicarle que yo-había-comido en-tiempo- pasado, y luego me puse a llorar. Me sacaron por los hombros del local sin probar el pastel.

Ahora llueve, estoy en un banco de la place Flagey en Bruselas y la que olvida soy yo. Sobre todo tengo miedo de olvidar el idioma que él me enseñó. Y, la verdad, creo que ya estoy empezando a olvidarlo.

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